No espero lo probable, nada más lo inimaginable; un viaje a ninguna parte en un sitio conocido...

AVISO: No hay libros digitales para descargar en este blog para evitar problemas legales. Si necesitas algún texto completo publicado, pídelo en los comentarios y me pondré en contacto lo más pronto posible.
Mostrando las entradas con la etiqueta Biografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Biografía. Mostrar todas las entradas

Emiliano Zapata

De Baltasar Dromundo



(Fragmento)

Cuando Emiliano regresó a Chinameca, preguntó inmediatamente por Palacios, a quien había enviado para recoger cinco mil cartuchos que les tenía ofrecidos Guajardo. Con este motivo se presentó el capitán Ignacio Castillo, acompañado de un sargento, y a nombre de Guajardo invitó al caudillo para que pasara al interior de la hacienda, "donde Guajardo estaba con Palacios arreglando la cosa del parque".

Todavía departieron con Castillo cerca de treinta minutos. Entretanto, Guajardo simulaba beber mezcal en la hacienda para tratar de emborrachar a Palacios, quien conversaba, manifestándole su "camaradería" en el uso de palabras soeces.

Después de nuevas y reiteradas invitaciones de Castillo, el héroe decidió: "Vamos a ver al coronel -dijo-; que vengan nada más diez hombres conmigo." Montó el caballo alazán que le regalara poco antes Guajardo y, seguido de sus leales, se dirigió a la hacienda. "Los demás quedaron sombreándose bajo las hojas de los árboles y con las carabinas enfundadas".

En la hacienda estaba impecablemente formada la guardia que iba a hacerle los honores al caudillo a su paso. El clarín tocó por tres veces "llamada de honor". Se apagaron las últimas notas; el héroe pasaba el umbral, cuando esa misma guardia, obedeció la consigna recibida, volvió sus armas contra él y le disparó a quemarropa.

Disparaban sobre Zapata desde las puertas, apostados en la azotea, desde el patio, desde todos los lugares donde podían hacer presa de él. Aún tuvo aliento el apóstol para llevarse la mano a la pistola, pero la muerte paralizó su gesto, haciéndole caer instantáneamente.

Había muerto el caudillo, el apóstol, el líder de los campesinos, de los peones indios y mestizos, el verdadero hombre puro de revolución, la única bandera de lucha por la ideología agrarista de los desheredados.

Su traje de charro iba llenándose rápídamente de sangre, que salía de su cuerpo por muchas heridas y que sobre las piedras y a la luz derecha del sol semejaba la última protesta del héroe. Junto a él, atravesado también por las balas, y sin haber podido defenderse, estaba su fiel asistente Agustín Cortés.

Feliciano Palacios moría a manos de Guajardo cuando, al oir la primera descarga cerrada, inquirió sobre la causa de todo aquello: "Por esto", dijo Guajardo al desenfundar su pistola: y la vació sobre el jefe zapatista. 

Cerca de mil hombres parapetados en barrancas, altura y llano, seguían disparando sobre los zapatistas consternados, que en unos cuantos minutos cayeron muertos o tuvieron que batirse precipitadamente en retirada.

Así murió Emiliano Zapata.

Una banda nombrada Caifanes

de Xavier Velazco



(Fragmento)

Una religión puede medirse por su capacidad
de revivir a los muertos.
Para la generación que se convirtió al rocanrol
entrando los ochentas, la era cristiana se mide en
antes y después de Jim Morrison.

E. Corripio, Fundamentos gnósticos
de la Resurrección Sicodélica.

Bilé. Arrullo negro y carmín para el sueño muerto en un túnel del Periférico. Sonidos trepan por las paredes, ejército de cruzados escalando las almenas de un castillo enemigo. Los temblores del bajo, guitarra embarrando acidez sobre el monte del que cuelga un Cristo traicionado, sax ebrio de los sudores de una puta en agonía, platillos en llamas, redobles como palabras, un canto choca contra el techo: nun ca na die me po drá pa rar. Esta es la imagen trémula de lo que jamás pudo pasar y está pasando. Venga tu reino: los señores productores se estriñen, los señores ejecutivos no saben cómo bailar, las viejas paren ratones rosados y las niñas de traje sastre se vuelven estrellas del burlesque. Alabados sean el Rey Lagarto y San José Cuervo, bienaventurados los que pudieron echarse un faisán con la huesuda, estos son Caifanes y han venido a oficiar el rocanrol. Hágase tu voluntad.


La primera vez que Alfonso André se paró frente a un público numeroso con un micrófono en la mano, faltaban cuarentaisiete horas para que terminaran los ochentas. Era un homenaje a los Rolling pero nadie allí se sabía las rolas; no quedó otra que ponerlas en el piso y leerlas a un metro setenta de distancia. Esa solución, que permitía al cantante no mirar al público sino a sus pies y crear en el centro del escenario una posibilidad de privacía, cerrada complicidad entre cantante y papel, le vino a Alfonso como la insulina al diabético.

Veintidós años antes, Alfonso es feliz miembro de la generación de conejillos de Indias en las escuelas activas. Contra lo que hubieran pensado los psicólogos de la escuela, lo que Alfonso aprende allí es que el desmadre viene siendo asunto personal, y que esa obscenidad de pararse en un escenario es cosa de degenerados. El desmadre es entonces, y no va a dejar de ser, un rollo completamente interno.

Sin embargo, para ser interno, su desmadre es un escándalo en todas partes. Tiene buenas calificaciones y lo toleran en la escuela. Monta a caballo y lo toleran en su casa. Llega el día en que se cae del caballo y en la escuela ya no lo soportan, así que va a dar a un colegio de verdad y deja de divertirse. De la escuela activa, donde puede permitirse ciertos protagonismos, es enviado un lugar idóneo para transformarse en un mustio. Los maestros lanzan borradores y dan cachetadas, pero el personal reprimido está lejos de ser el de una escuela de padres maristas. En ese ambiente de perdedores infantiles, Alfonso llega a sexto de primaria como llegan los cabrones: fumando.
Saúl aulló: lo estaban depositando en una escuela. Parte de la culpa la tenía su hermana Irma, que ya lo había acostumbrado a, casi sin saberlo, vivir en un mundo en el que los susurros catarrientos de Lennon y las cachondas negritudes de Jagger derrotaban tarde a tarde a las mariconas huestes del ratón Miguelito. La atención que nunca merecieron los maestros se la ganaban sudor a sudor Janis, Jim y Jimi, Sagrada Familia que nunca tuvo un salvoconducto en la escuela. El resto de la música en la casa eran los Panchos, Benny Moré y la Sonora Santanera, del lado materno; Von Karajan y Karl Bohm, por el otro. Una hermana que no era Irma se había clavado en José José. Saúl asiste a todas esas materias, pero se queda con los discos de Irma por la razón vital de que le dejan un espacio más grande a la fantasía. Y cuando la escuela es una cagada que te ahoga con sus hedores no te queda más salida que la ficción.

Con la nitidérrima sensación de ser un pájaro enjaulado, Saúl sale de la escuela deslizándose hacia el Mar de la Libertad, en cuyas profundidades cálidas y jugosas se pone a dibujar. Pinta historias donde los personajes hablan en globitos y se mueven de acuerdo al transcurrir de otros sonidos: los que Saúl trae entre la meninges y como puede saca en una guitarrita, usando exclusivamente dos cuerdas --método que ni sus demonios ni sus dedos van a abandonar, porque veinte años más tarde sus composiciones seguirán basadas en esas dos cuerdas. Las que pinta no son propiamente historias, sino cierta asociación libre de imágenes e intuiciones. Perro atrapado en la perrera municipal, Saúl va al kinder Amado Nervo a guardar silencio. No el silencio de las mentes inflamadas por mundos mejores que el que les tocó habitar, sino el de quien ha sido privado del derecho a imaginar.

Nunca se sintió buen prospecto para el piano, tampoco para el violín. Pero, siendo parte de una familia cuyos hijos se meten cuanta sabiduría pueden, Alejandro ve llegar a un profesor de guitarra y eso le gusta. Del radio salen Palito Ortega, Leo Dan y Sandro, pero el profesor le enseña más que nada música folklórica sureña: sambas, chacareras, y de paso varios acordes beatleanos. Al entrar a primaria en la Buenos Aires High School lo escogen para el coro. En las tardes tocan flautas, claves, triángulos y panderos. Los maestros le exigen aprenderse cosas como la Historia del Perú, pero él anda más clavado en las clases de guitarra clásica de su hermana, su colección de timbres postales, las canicas y las historietas del Pato Donald y Periquita que llegan de México. En la tele lo más importante son Los Locos Adams y Los Tres Chiflados, todos ellos portadores de una absurdidad, una ironía y una disonancia que, como años después va a descubrir, pueden trasladarse a la guitarra. Mientras, se entretiene jugando a Los Tres Chiflados con sus hermanos de la única manera concebible, es decir a punta de chingadazos. Las clases de guitarra tienen un toque mágico: el profesor lo hace sacar por sí mismo una canción tras otra, de los nueve a los doce años.

Es entonces, al llegar a la secundaria, cuando Alejandro pasa, de la introversión solapada por una niñez hogareña, a un espacio completamente nuevo donde se manejan códigos que le son del todo extraños. Pink Floyd, Led Zeppelin. Su rito de iniciación a la nueva logia se cumple con el Fireball de Deep Purple --lo escuché, me quedé pendejo y ahí empezó el vicio. Hasta entonces, Alejandro había pensado que Pink Floyd era el nombre de un tipo, pero poco tiempo después ya escucha no sólo a Roger Waters sino a Steve Howe y a Greg Lake. Le habían regalado un órgano eléctrico donde estudia un poco de Bach y algo de blues. Pero el virus ya prendió, y no le queda otra que ir a embarcarse con una guitarra en abonos. Es 1973.


Enrique Bunbury Lo demás es silencio

De Pep Blay
CD 1 La estrella

(Fragmento)


Track 01. Canto (el mismo dolor)
Canto porque me levanto siempre con las mismas penas,
con las heridas abiertas que siguen sin cicatrizar.
Vago por las veredas, por desiertos, por la selva,
surcando los anchos mares, hacia ningún lugar.

Canto porque me canso de dar explicaciones,
no tengo soluciones ¿para qué tanto preguntar?
Salto de cama en cama, de boca a boca, de falda en falda.
No vuelvo por donde vine, nunca miro hacia atrás.

Y no hay mejor ni peor, pues con la gente que tropiezo,
sufren el mismo dolor, están igual, el mismo dolor.
No hay mejor ni peor, si estás quieto o en movimiento,
sufres el mismo dolor, estás igual, el mismo dolor.

Canto porque me harto de lugares concurridos,
de esquemas aburridos para conseguir seguridad.
Parto de aquí a otro lado, crías cuervos y te comen los ojos luego.
Canto porque me levanto siempre con las mismas penas.

ENRIQUE BUNBURY,
Canción escrita el 7 de julio de 2003, en Mancora (Perú),
El viaje a ninguna parte

Track 02
El pico de Dylan

Carlos Ann, un tipo oscuro con el glamour del siglo XIX, capa despeinada y botas de corsario galopando al viento, se cruza apresuradamente por mi camino, tropiezo a su paso y chocamos contra la valla.
—Perdona…
—¿Carlos?
Al levantar la cabeza, me dispara fuego eterno. Sus ojos de vampiro se relajan con una mueca en los labios. Me ha reconocido. Sin esperar a que la encargada de prensa me pase la invitación para poder acceder al recinto del espectáculo, alarga su mano de poeta, aparta la valla y me empuja hacia adentro. Él tiene vía libre en todas las áreas. Además de ser íntimo amigo de la estrella,
Carlos es hoy uno de los invitados de la noche y también subirá al escenario.
—Vamos, vamos. —Tira de mí con nerviosismo, sin detener el paso.
—¿Qué te pasa?
—A mí nada. El maño, que no está fino. Ha pillado un trancazo bestial, una gripe, y aún no sabemos si va a cantar. He ido a casa a prepararle unos potajes con hierbas, ya sabes que a mí me va la medicina tradicional. Hay que probar lo que sea, si no mejora la garganta, no…

Barcelona, 4 de noviembre de 2004. En la falda de la montaña olímpica de Montjuïc, en una explanada llamada el Sot del Migdia, se ha instalado una carpa de circo que preside un espectacular letrero de luces de neón: BUNBURY FREAK SHOW. Desde allí al barrio del Born, donde vive Carlos, no hay más que un cuarto de hora en taxi, pero habrá tardado más del doble por culpa de las retenciones que provocan las largas colas de coches que aún se dirigen al concierto. Será un lleno absoluto. Ya hace días que cuelga el cartel ENTRADAS AGOTADAS, aunque nadie se imagina que el espectáculo corre el riesgo de suspenderse. Una gripe podría dejar sin voz al protagonista, Enrique Bunbury. Para Carlos, cariñosamente, el maño.
—¿Y tú por qué vienes tan pronto? —me increpa—. ¡Eres el único crítico musical que llega puntual! Si el show no empieza hasta dentro de hora y media.
—Quiero proponerle a Enrique escribir un libro sobre su vida. Una biografía, a mi estilo, claro.
—¿Ah, sí? —exclama casi sin alterarse—. ¡Ya te ayudaré en lo que pueda! Ahora mismo te paso a la zona de camerinos, para que lo hables con él. Pero no sé si…
Atravesamos el terreno que separa el acceso al recinto de la carpa, bordeando los carromatos del viejo circo Raluy y una pelea de lucha libre. De pronto, Carlos se detiene y, señalando a la zona del ring, donde dos boxeadores se están zurrando, grita a una figura alta y delgada que no para de gesticular. No es el árbitro:
—¡Adrià! ¡Ahora no es momento de pelearte!
Adrià Puntí, el otro cantante catalán invitado en el Bunbury
Freak Show, tan genial como iluminado, está retando sin ningún tipo de manías a los dos guerreros enmascarados, El Demonio Rojo y El Ángel Dorado. Se siente en su salsa. Nadie le va a ganar a freak. Ni la leyenda del póker Vicente «El Pipas» ni Esther, la mujer forzuda, otras de las atracciones circenses que están amenizando el espectáculo antes de que Bunbury salte al escenario para cantar. Si es que lo hace.

—¡Venga, Adrià, baja de ahí y ven con nosotros al backstage!
—insiste Carlos; esta vez parece que con éxito.
No se puede entretener. En su brebaje alquímico tiene el poder de recuperar a Enrique. Tras adentrarnos en la carpa gigante donde el público se va concentrando a la espera del recital, cruzamos la valla del escenario hasta los camerinos. En uno de ellos cuelga el cartel de EL HURACÁN AMBULANTE, es el que pertenece a la banda. Parece que se preparen para un baile de disfraces. El guitarrista, Rafa, se viste como un crupier de casino, mientras que el trompetista, Iñigo, se enfunda un uniforme de fanfarria a lo Sergeant Peppers y se organiza él solito un pasacalle. El pianista, Copi, se está maquillando minuciosamente hasta el último milímetro del rostro como un clown. Es casi una liturgia.
—¿Y el maño, saldrá o no saldrá a cantar? —pregunta Carlos.
Su interlocutor es Nacho Royo, mánager personal de Enrique y uno de los productores de toda la movida. Su función actual es barrar el paso a los que pretendan entrar en el camerino cuyo cartel indica EL FUMIGADOR ERRANTE.
—No sé —responde—. Ahora mismo le están visitando…
Una voz familiar que surge desde el interior del camerino acapara nuestra atención:
—¿Dylan has dicho? Pues yo quiero que me pongas el mismo pico que pusiste a Dylan. Con la misma jeringa. ¿Sabes que yo estuve en ese concierto?
Su tono y su acento son inconfundibles: es Enrique Bunbury. A quien se está dirigiendo es al médico de urgencias que le va a dejar en condiciones de subir a un escenario. Y ese doctor es, nada más y nada menos, el mismo que atendió hace casi cuatro meses exactos a uno de los grandes mitos del aragonés errante cuando actuó en el Fòrum de les Cultures de Barcelona, Bob Dylan.

Ambos inyectados por la misma cortisona. Mitomanía enfermiza.
—Yo —insinúo tímidamente— sólo quería comentarle que…
—No —respondió tajante Nacho—. Si quieres hablar con él, pásate al final del bolo, aunque yo lo veo muy tocado. Por cierto
—le ruega a Carlos—, ¿me ayudas a buscar a Nacho?
Se refiere a Nacho Vegas, el asturiano. El cantautor mimado por los defensores del pop alternativo español, ex componente del grupo de culto Manta Ray, está perdido. Como en cada concierto de la gira, se ha subido a su parra y a la bohemia de papel de aluminio. O no.
—Después de los potajes —suspira Carlos y, en voz baja, me comenta—: En este circo, aunque no te lo creas, los más responsables somos Enrique y yo. Los demás son unos freaks.

Track 03
Bunbury ¿un freak?
Freak (voz ing.) adj. y com. Se dice de lo que es extravagante, excéntrico
y con valores propios que son distintos de los socialmente establecidos y considerados normalmente marginales. Música, vestimenta freak.

¿Que Bunbury ahora va de freak? Pero ¿qué coño…? Siempre me han atraído las biografías de los personajes con vidas literarias, episodios épicos y un lado humano interesante. No hay duda de que Enrique es uno de ellos pero… ¿un freak? Que es un artista poliédrico y que nunca ha dejado de serlo, probablemente ni en su intimidad, de acuerdo; es un camaleón de vida intensa, eso sí, plagada de silencios. De lo no dicho. Sí, tal vez lo que más me motive es descubrir lo que se esconde detrás de esa ajetreada experiencia callada. De sus controvertidas decisiones y contradicciones. De su interior. Pero Bunbury, ¿un freak? A mí me parece que…
Una ovación estruendosa ensordece la carpa. Se han apagado las luces y, en la gran pantalla que actúa como decorado en el escenario, se proyectan las imágenes de lo que se anuncia como «Un espectáculo a ninguna parte»: secuencias de cine mudo, Charlie Chaplin, el doctor Jekyll y míster Hyde, mitos del terror en blanco y negro y los personajes tullidos de Freaks. La parada de los monstruos. Una joya de culto dirigida por Tod Browning (el mismo que llevó al cine el legendario Drácula de Bela Lugosi) en 1932, censurada durante muchos años por cuestiones de sensibilidad.
Freaks está protagonizada por una compañía de circo marginal, cuyos artistas eran físicamente «diferentes» en la vida real: auténticos enanos, hermanas siamesas, el hombre tronco… Ésos sí que eran freaks.
Como siluetas en la oscuridad, los músicos de El Huracán Ambulante están interpretando la melodía circense que Nino Rota compuso para la banda sonora de Otto e Mezzo, uno de los grandes maestros de la historia del cine, Fellini. El imaginario circense está servido, y en ese entorno aparece Enrique en el centro del escenario.
El capitán de los freaks. Lleva en su chistera un par de naipes —el as de Sadam Hussein a la izquierda, el de Groucho Marx a la derecha. En el cuello, un colgante de Elvis y viste una americana con cuatro rosas y una cruz grabadas. En el chaleco, el corazón sagrado. El público, excitado por el show, le recibe a gritos. Sí, finalmente ha podido actuar. Y no saben lo que deben agradecer al médico de Dylan, al inventor de la cortisona y a los potajes de Carlos Ann. Aunque Bunbury, ¿un freak?

El cantante ha elegido empezar con un episodio circense: «La señorita hermafrodita», una historia de deseo a una trapecista. Sin duda, es una de las piezas más dylanianas de su reciente álbum El viaje a ninguna parte (Emi, 2004), última etapa de una trilogía dedicada a la estética bohemia, romántica y decadente: el cabaret (Pequeño Cabaret Ambulante), el boxeo (Flamingos) y ahora, el circo. Un Bunbury, el del siglo XXI, que opta por presentarse como un mago de la canción que no olvida el mundo en que vivimos ni ese punto de lucidez surrealista que conviene para analizarlo.
—Aspiren el napalm, huele a victoria —proclama.
Esa ironía va directa para Bush y su guerra de Irak. Así introduce «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha», una canción con un fuerte compromiso social y voluntad de reflexión.

De todas formas, la intención del Freak Show es, más que reivindicar, combinar música y arte con entretenimiento y diversión. El circo del rock and roll. Un sueño. Girar a lo largo y ancho de la Península Ibérica con los músicos, los técnicos, el backline, las luces y el escenario a cuestas. Eso es todo lo que necesita. Vagar por los mundos sin depender de nadie para vender su elixir musical con la única condición de que le presten un espacio para actuar.
Nada más. Valencia, Almería, Bilbao, Barcelona y Madrid. Un ejercicio de nomadismo. Para Bunbury es volver a la raíz de su profesión, seguir la línea que trazaron los juglares del medievo o los cantautores folk de los años sesenta que, como Bob Dylan, viajaban con su guitarra para ir contando sus historias en cada ciudad donde paraban. «La vida de un grupo de rock es en la carretera —argumentaría en la película del tour—, observar desde lugares imprevistos para poder contar cosas a las que la gente no tiene acceso porque su vida cotidiana es más sedentaria. Yo creo que va unido a la profesión, y en cierto modo el Freak Show es reivindicar la belleza del oficio.» La idea surgió en México, en verano del 2004, durante la gira americana. En una de las fiestas posconcierto que montaba la banda en una habitación de hotel, en plena inspiración, Enrique dejó caer su sueño: ir de gira en una carpa de circo. La bohemia absoluta, proclamaba. Ahí quedó todo, sin más, como uno de esos deseos de artista que nunca se van a cumplir. Pero Nacho Royo y Tomás Mateos, sus mánagers de Solomusic, tomaron nota y empezaron a trabajar desde la misma gira, en México, Estados Unidos, Colombia, Argentina. Quizás parecía un capricho, pero tenían claro que Enrique, después de lo que había trabajado y sufrido en los últimos años, se lo merecía. Era un proyecto artístico y humano, porque como negocio no era fácil, sobre todo si pretendían que no fuera deficitario. Tras veinte días de llamadas de teléfono y muchas negociaciones con posibles patrocinadores,
Nacho Royo llegó a la conclusión de que, asumiendo unas pérdidas razonables, era factible.
Y así se lo comunicó:
—Lo hemos conseguido, Enrique. Lo de la carpa ya está.
Ahora te toca a ti hablarme del repertorio y de las necesidades artísticas del espectáculo.
—¿De qué me hablas? —respondió el distraído cantante, como si le hablara en chino—. No sé a qué te refieres…
—¿Me mato por una marcianada tuya que me trae loco y ya no te acuerdas? —Le cogió por los hombros y le dijo—: Escúchame bien, vas a tener ese circo freak que querías.
Bunbury se quedó atónito. Sí, esa locura que se le pasó por la cabeza en un hotel de México iba a hacerse realidad. ¿No quería ser un freak? Pues Nacho había atado bien los cabos, y ya no había marcha atrás. Por un momento, pensó que se podía haber mordido la lengua en el momento que tuvo la iluminación.
—No sé, déjame pensar…
Pero la duda poco duró. En cuestión de minutos se reunió con
Eugenio Ventaja, el técnico de luces, para planearlo todo: la colocación de los músicos, los focos, el concepto de espectáculo… Se emocionaron. La decisión ya estaba tomada: sí, iba a ser un freak.
A partir de entonces, cada noche fue excitante: la dedicaban por completo a la creatividad y escupían infinitas ideas sin control, fueran factibles o imposibles. Lo importante era que se podía cumplir un sueño. Dibujaban planos en servilletas, esbozaban las proyecciones, rastreaban en el ordenador para encontrar imágenes de películas antiguas… Para Bunbury, fue un reto ilusionante. Mientras tanto, Nacho localizaba al campeón de pulso de Europa y le convencía para que se añadiera al espectáculo; también habló con el boxeador maño José Ramón Escriche, con el que habían colaborado en la imagen de Flamingos, y le encargaba la coordinación del ring de lucha libre; incluso estuvo a punto de lograr que el mago Tamariz amenizara la media parte con trucos de magia a corta distancia, pero no pudo ser…

Así fue como se gestó esa gira tan especial que llevaría el nombre de Freak Show. El escenario de Barcelona ya se ha transformado en una olla a presión. La complicidad entre Enrique y la banda les convierte en una poderosa máquina de ritmos. El público está disfrutando de lo lindo, y las ovaciones se suceden una tras la otra. Se me hace difícil creer que este cantante que está dando un auténtico recital de cómo dominar la voz, hace tan sólo unas horas hubiera podido suspender. Realmente, es un gran profesional. Demasiado para ser un freak. Claro que ¿podrá aguantar este ritmo hasta al final o se desmayará, como le pasó en la gira de El camino del exceso el día de su cumpleaños?
Espero que no se desmaye, porque yo sigo con la idea de proponerle el libro. ¿Podré hablar con él? ¿Me hará caso después de esa descarga de energía fuera de lo normal que está protagonizando en este concierto? Estoy intrigado. ¿Cómo me reaccionará?

Lo cierto es que la carpa es un traje que le sienta de maravilla. Y no sólo por estética. El circo por definición es un espectáculo de variedades y en el guión está justificada la mezcla sorprendente de géneros y estilos: hay música rock, pop, blues, canción dramática, bolero, vals… También introduce melodías de todas sus épocas, desde la «Salomé» de los noventa hasta su último himno, «Los restos del naufragio»; éxitos como «Extranjero», «De mayor», «Sácame de aquí»… Incluso, para alegría de sus seguidores más veteranos, añade un clásico de su repertorio con Héroes del Silencio, en clave acústica: «La chispa adecuada». Y es que en un circo todo es posible. Es magia y es ilusión. También hay ocasión para que encajen músicos tan diversos como los invitados que anuncia Enrique a bombo y platillo. Sus queridos freaks.

El primero que eligió es Carlos Ann, el cantante arrabalero con quien compartió el proyecto Bushido, ese disco en busca del delirio junto a Morti y a Shuarma. Se lo propuso en un hotel de Barcelona:
—Me gustaría contar contigo para un proyecto.
—No me lo digas, seguro que lo adivino.
Carlos le sorprendió. Antes de que pudiera explicárselo, escribió en un papel lo que se imaginaba y se lo dio en la mano. Lo que leyó era algo así como «grabar un disco en un circo y hacer una película». Tal era el grado de complicidad al que habían llegado con su amistad. Juntos dicidieron entonar un grito tabernario: «L'amour».

A Nacho Vegas le llamó por teléfono. Ya lo conocía desde que le teloneó con Manta Ray en la gira de Radical Sonora, pero desde entonces no habían retomado el contacto hasta el concierto de Oviedo en junio del 2004, cuando se presentó El viaje a ninguna parte. Enrique le confesó al asturiano que para la creación de este disco había sido clave su doble álbum Cajas de música difíciles de parar. Curioso, porque a primera vista parecen opuestos: Bunbury es la estrella y Nacho la antiestrella. Uno procede del star-system y el otro del underground. Uno lucha por gustar y el otro parece que lo rechace, pero hay una química que los une, entre otras cosas, la pasión por las letras. Por eso escogieron «Gang-Bang», una canción canalla, cabaretera, como el espíritu del Freak Show.

Caso aparte es el de Iván Ferreiro, el gallego, que estaba pasando unos momentos complicados. Tras disolver su popular banda de rock, Los Piratas, se estaba planteando cómo reiniciar su carrera en solitario. Bunbury, que conoce bien esa experiencia porque la vivió con el final de Héroes del Silencio, le llamó para aconsejarle:
—Olvídate ahora de responsabilidades. Tómate tiempo para pensar, pásatelo bien y dedícate a madurar tus ideas.
Su amistad había crecido desde la participación de Enrique en la gira de despedida de Los Piratas, en la que interpretó «Teaching». La colaboración quedó registrada en el álbum Fin (de la segunda parte).
—¿Por qué no te apuntas al Freak Show?
Iván aceptó. Y bordó «Lady blue».

Por lo que se refiere a Adrià Puntí, Enrique lo considera su «hermano del alma». Se le puede encontrar en cualquier rincón de la carpa hablando solo, enganchado al piano tarareando una canción con la voz afónica en el más puro estilo Tom Waits, o provocando la risa de todo El Huracán Ambulante con una de sus brillantes ocurrencias. Es todo un personaje, un showman y un maldito. El músico gerundense, con una carrera en catalán tan sobrada de talento como imprevisible, compuso «Sí», uno de los singles más populares de la carrera en solitario de Bunbury. Desde que le conoció, le gusta tenerlo cerca para empaparse de su genialidad, locura y, también, ternura. Y si hay algún argumento por el que escogieron «Longui número 13» es, simplemente, la belleza.
Seducido por la canción.

Algo muy parecido sucedió con «Fantasía», de Mercedes Ferrer. Con ella, Enrique ya había montado un grupo divertimento de estudio: Los Chulis. La cantautora madrileña actuaba en la sala Oasis de Zaragoza, poco antes de llevar a cabo el Freak Show, y él se quedó fascinado por una pieza muy diferente a las demás, que le recordaba a los grandes maestros de la chanson francesa. Al terminar el concierto, le preguntó:
—¿De quién es esa maravillosa canción en francés, que suena así como a música de feria?
Mercedes se puso a reír:
—Esa canción no es en francés, sino en castellano. Se llama
«Fantasía» y es mía. Bunbury se encogió de hombros. La metedura de pata no fue ningún inconveniente para que le pidiera su participación en el Freak Show.
Ese valsete supuestamente «francés» le pareció idóneo para cerrar el espectáculo:

Mi fantasía eres tú
un recuerdo lejano
que guardé en algún lugar.
Mi teatro eres tú
actuando sin público
ni aplausos ni ficción.
(…)
en un circo de besos
fantasía es teatro
es mi ilusión.


Fin del concierto. Bunbury y El Huracán Ambulante han arrasado durante casi tres horas y sus seguidores difícilmente olvidarán el show de Barcelona. En plena euforia, con los focos iluminando al público que empieza a desfilar hacia la salida de la carpa, me dirijo de nuevo al backstage. Ya he preparado mi discurso, sé exactamente las palabras con las que voy a proponerle a Bunbury la publicación de su biografía. Estoy entusiasmado, no sólo por el espectáculo que he visto, sino por la filosofía de mi proyecto: he decidido que será un compendio de variedades, como un circo, como un cabaret. Cada capítulo tendrá su personalidad, su formato, su intención, su filosofía. El libro será como su vida, imprevisible, cambiante, atrevido, experimental… un fiel reflejo de su polifacética personalidad. Me acerco con decisión a la valla y Nacho, el mánager, me recibe con un decepcionante:
—Enrique se va al hotel directamente, tiene fiebre y está hecho polvo. Ya sabes, la gripe…

Mi gozo en un pozo. El único recurso que se me ocurre es entregarle a Nacho la bolsa de regalo con mis libros publicados que llevo cargando desde hace seis horas y una carta para Enrique, exponiéndole mis ideas. Al menos, me voy a ir a la cama con la sensación de que lo he intentado. Tal vez…


Título: ENRIQUE BUNBURY: LO DEMAS ES SILENCIO
ISBN: 9788401305511
Editorial: PLAZA & JANES EDITORES, S.A.
Autor: PEP BLAY